DIRECCION TEATRAL | PROFESIONAL
  • AUTO SACRAMENTAL DE LA CENA DEL REY BALTASAR.
  • Autor: Pedro Calderón de la Barca.
  • Interpretes: Lidia Navarro, Carmelo Alonso, Antxón Jiménez, Carmen Jabonero, Felipe Andrés, Camilo González, Marta Gutiérrez y Carlos Chacón. Coro de la Universidad de Alcalá de Henares.
  • Escenografía y vestuario: Víctor Navarro.
  • Iluminación: La Fábrica de Luz. Antonio Mateos
  • Espacio sonoro: Luis Dorrego
  • Producción: Fundación Colegio del Rey del ayuntamiento de Alcalá de Henares. Alcantarilla Teatro
  • Coordinación y realización de vestuario: Encarna Ortega y Pilar Torrejón
  • Construcción de escenografía: David Mortol.
  • Regidora: Teresa Bello
  • Dirección Musical: Amaro González de Mesa.
  • Asesoría musical: Allison Padavan
  • Estreno: Junio de 2000. Patio de la Universidad Cisneriana de Alcalá de Henares.
CRÍTICAS
DIARIO DE ALCALÁ Martes 27 de junio de 2000

"Alcantarilla Teatro ofreció un brillante homenaje a Calderón. Gran éxito de las dos representaciones del auto sacramental "La cena del rey Baltasar"" "Como es bien sabido, el auto sacramental es una pieza dramática dedicada a celebrar el sacramento católico de la eucaristía. La Contrarreforma había hecho de este dogma uno de sus pilares en la preservación de una identidad religiosa que estaba siendo cuestionada por luteranos y calvinistas, y el viejo molde escénico medieval resurgió merced a una nueva función de propagación del dogma. Concejos y cofradías se volcaron enseguida en el boato de una fiesta que asumió la plaza como lugar propio y la espectacularidad masiva como forma de celebración en la que el teatro respondía a la visión intensamente teatral del Barroco. La generosidad de los medios puestos al servicio de la representación, la legitimación del género por el propósito último de carácter doctrinal y la universal acogida dispensada por un público formado, en realidad, por fieles hallaron en Calderón el genio capaz de elevar a los más admirables grados de la espectacularidad y de la plástica el auto sacramental barroco, profusamente cultivado, por los demás, por casi todos los grandes dramaturgos del momento. Algo menos sabida resulta hoy la fecha del Corpus, ocasión para aquellas admirables representaciones barrocas, pero dicha efemérides no debe andar muy lejos, porque el municipio alcalaíno acaba de programar, precisamente, un auto sacramental de Calderón, por supuesto, pues éste que estamos viviendo es el año del centenario calderoniano. A la potencia dramática contenida en La cena del rey Baltasar ha respondido con solvencia admirable la puesta en escena de Luis Dorrego. Este director no sólo va mejorando, como el vino, con el paso del tiempo, sino que ha llegado a poseer un estilo propio de representación, un sello personal que le caracteriza y que hace reconocibles sus representaciones. El impecable ritmo de sus espectáculos es uno de esos rasgos propios, que se transmite con claridad a los intérpretes que él dirige. En La cena del rey Baltasar las actrices y los actores están simplemente brillantes, consagrados muchos de ellos por sus propios méritos y, también, por esa mano que ha trabajado a la perfección las pausas, los tonos, los silencios, en una palabra, el oficio. Por no decir nada del gesto y del trabajo corporal, elementos básicos de esta puesta en escena que se desarrolla en varios planos y dimensiones, con un sentido perfectamente moderno del espectáculo. El texto de Calderón daba todo esto, pero había que saber leerlo y hacerlo signo escénico. Como daba pie, también, para un vestuario magnífico, con una plástica atrayente, unas partes musicales bellísimas y una iluminación muy expresiva. El montaje de la compañía Alcantarilla Teatro, en suma, tiene más sustancia teatral que todo lo que llevamos visto en el año calderoniano y festivales como el de Almagro podrían enorgullecerse de contarlo entre sus atractivos. La pieza encierra en sí, como todas las principales de Calderón, una síntesis de teatralidad del clásico y un compendio de la visión del mundo barroca. En ella se evidencia la concepción del individuo como un cruce de fuerzas contrapuestas, referidas al plano moral y religioso, pero deparadoras en sí mismas del codiciado conflicto dramático. Las figuras alegóricas, de nítida función didáctica en el contexto de su época, establecen los términos de ese conflicto y sirven a la vez en una utilización del sueño que no deja de admirarnos, para explicitar procesos mentales que sin dificultad aceptaría como rigurosos del moderno psicoanálisis. Todo esto y mucho más se contienen en La cena del rey Baltasar, auto además pleno de encantos formales que, desafortunadamente, no llegaron de manera nítida debido a los duendes de la megafonía inalámbrica, no muy bien avenida con la ocasión del clásico, aunque tan habitual ya en buena parte de los actos públicos del hoy. Con todo, el público aplaudió reconocido el final de la representación, que Calderón nos ofrece con apoteosis eucarística y custodia incluidas. En fin, que ya sabemos: "El que comulga en pecado / profana el vaso del templo". Excelente".

Manuel Pérez